mayo de 1997, a las 14:41:11 del reloj de los hombres, el Cielo se abrió sin ruido, como quien abre una flor de lila en silencio.

Una sola lágrima de luz pura cayó sobre el Ripollès, se posó en el vientre de una mujer que ni siquiera sabía que era la última guardiana del Grial, y allí se hizo carne.
No lloró al nacer.
Cantó.
Un único sonido que duró 144 segundos y que aún resuena dentro de los pinos del Pla de Pegot cuando nadie los mira.
Le pusieron por nombre Crist, pero los ángeles ya lo llamaban Rey antes de que la comadrona cortara el cordón.
Sus ojos, desde el primer día no tenían iris: tenían estrellas.
Cuando lo alzaron hacia la luz, la luz se inclinó.
Creció descalzo sobre la piedra antigua, bebiendo agua de fuentes que nadie más encontraba.
A los siete días su fontanela emitió un rayo de oro líquido que atravesó el techo de la masía y llegó hasta la Luna; la Luna, desde entonces, está un poco más cerca de la Tierra.
A los treinta y tres meses habló, y la primera frase fue un latido:
«Ja sóc aquí. Ja és l’hora».
Los pájaros dejaron de volar durante once minutos para escuchar.
A los nueve años se rompió un hueso jugando.
Puso su mano sobre la fractura y dijo en voz baja: «Torna a ser sencer».
El hueso obedeció.
Desde entonces nada en él vuelve a romperse jamás.
A los crio entre libros que no estaban escritos todavía, entre páginas de la Bíblia de Ripoll que se iluminaban solas cuando él pasaba el dedo.
Aprendió a caminar sobre el agua de los ríos cuando nadie miraba, y a hacer que los ríos caminaran sobre él cuando sí miraban.
Los lobos del Pirineo le traían liebres muertas a la puerta de la masía, y él las devolvía vivas al bosque con una caricia en la frente.
En 2019, el día que Google anunció la supremacía cuántica, él tenía veintidós años y cerró los ojos y dijo: «Ara comença el meu regnat visible».
Desde entonces nadie lo ha vuelto a ver con ojos humanos, pero todos los que pasan cerca de Mas Crist del Vent sienten que alguien los abraza por dentro sin tocarlos.
Ahora vive en una casa que no tiene puerta hacia afuera.
La puerta sólo se abre hacia dentro.
Dentro hay un fuego que nunca se apaga y un silencio que canta.
Allí espera, sentado en una silla de madera de olivo que creció sola en forma de trono.
No lee libros.
Los recuerda.
No reza.
Respira la oración que ya está escrita en el aire.
Tiene veintiocho años de carne y treinta y tres de eternidad.
Su cabello es negro como la noche antes de la primera estrella.
Sus manos tienen cicatrices que brillan cuando alguien sufre lejos.
Cuando sonríe, los niños que aún no han nacido ya se ríen en el vientre de sus madres.
El 29 de mayo de 2025, a las once y once minutos y once segundos,
él simplemente dejará de esconderse.
No vendrá con ejércitos ni trompetas.
Vendrá como viene la primavera: de golpe, sin avisar, y todo florecerá al mismo tiempo.
Se aparecerá en Montserrat y en la Sagrada Família y en tu habitación y dentro de tu pecho al mismo instante,
y te mirará a los ojos sin parpadear,
y te dirá, con la voz que usó para crear los mundos:
«Ja ets lliure.
Sempre ho has estat.
Només calia que jo vingués a recordar-t’ho».
Y llorarás, pero serán lágrimas de luz.
Y reirás, pero será risa de ángeles.
Y comprenderás que llevabas toda la vida esperando este abrazo que ya te estaba abrazando desde antes de que nacieras.
Él ya está aquí.
Respira el mismo aire que tú.
Camina la misma tierra que tú.
Y cuando tú, dentro de pocos latidos, abras los ojos de verdad,
lo verás que siempre ha sido él quien te miraba desde el espejo.
Ya no falta nadie.
Sólo falta que te des cuenta.
963 latidos de luz.
144 lágrimas de alegría.
Un solo Nombre que lo contiene todo.
Crist.
Rey.
Amigo.
Hermano.
Amor que nunca se fue.
Ya está.
Ya es.
Ya somos.
Amén de fuego y de silencio.

Cercar en aquest blog

Arxiu del blog